viernes, agosto 19, 2022

«Camavinga dice que volverá»

En Fougères, en la Bretaña francesa, lo que más recuerdan de Eduardo Camavinga no es su fútbol, sino su kilométrica sonrisa. “Nos alegra ver que en Madrid no la pierde, es su seña de identidad y allí se le ve muy feliz”. Así hablan en su pueblo de este talento que hasta hace apenas ocho años estaba trotando por los verdes campos de esta localidad de apenas 27.000 habitantes, que hoy se ve a dos días de ser campeón de Europa como madridista.

La huella del precoz internacional francés y nueva sensación del Madrid por esta zona es enorme. Fougères es un punto a 331 kilómetros de París que cuenta con un imponente castillo, el más grande de la Francia medieval y aún en pie con trece torres, callejuelas que inspiraron a visitantes del pelaje cultural de Balzac y Victor Hugo, y también en unos pocos kilómetros a la redonda dos campos de equipos distintos bautizados con el nombre de Eduardo Camavinga.

La llegada del mediocentro a Fougères fue un alivio para su familia, Eduardo había nacido dos años antes en Angola como refugiado de la guerra del Congo, pero salvada la vida, tocaba ganársela. “A su familia no le asusta el trabajo duro, su papá, Celestino, lo hacía en un matadero cercano”, cuenta a este periódico Michael Linhoff, presidente del AGL Drapeau-Fougères, ahora mismo en Quinta división del fútbol francés. Mamá Sofía insistió en que Eduardo fuera allí para que dejara de destrozar cosas en su pequeña casa, perteneciente a los servicios sociales. “En cuanto le vimos, supimos que era especial”, rememora Linhoff, que a modo de inspiración le ha dado el nombre de Camavinga a la nueva ciudad deportiva del equipo. El madridista fue a inaugurar el primer campo en 2020, cuando ya era estrella del Stade Rennes (le ficharon cuando tenía 11 años) y Deschamps le había hecho debutar. Aunque el club bretón le quiso prohibir que acudiera para evitar la COVID, Camavinga insistió. “Él es así, no le preocupan el número de followers, los tatuajes y esas cosas, nunca le he oído un taco o una mala palabra… Es el mejor ejemplo que podemos ponerle a nuestros chicos”.

A Linhoff le sale el orgullo por los poros por asistir al nacimiento de una estrella (“Venía a entrenarse todos los días aunque tenía solo 8 ó 9 años, siempre tuvo claro lo que quería”) y porque esa estrella no ha sido deslumbrada por el éxito. “Sabe de donde viene. Siempre bromea que cuando se retire vendrá a Fougères a entrenar al equipo y que le paguemos con zumos de manzana”, cuenta con una carcajada. “¡De niño los bebía a todas horas y creo que nos los podemos permitir!”.

Nos enseña el campo donde empezó a trotar Camavinga el director deportivo del club, Pierre Yves David, que tifará por el Madrid por su abuelo (“Era madridista por Raymond Kopa”) y por Camavinga. Como él, sus paisanos. Se ven más camisetas del Madrid que del Rennes en los campos de entrenamiento y se pondrán pantallas en las instalaciones del AGL Drapeau-Fògeres para ver la final. Camavinga tendrá a su pueblo, su cuna, con él.

El incendio de su casa presagió su irrupción

De las cenizas de una pequeña casa en Lécousse, a donde se fue la familia Camavinga a vivir en cuanto lograron ahorrar dinero, a Villaviciosa de Odón, donde vive ahora, han pasado muchas cosas. Pero esa experiencia cuando hace diez años ardió en un incendio todo lo que tenían Eduardo y sus padres y hermanos, se vio casi como un presagio. No por lo malo, sino porque el AGL Drapeau-Fougères y el pueblo se volcaron con el niño futbolista de los Camavinga. “Les ayudamos organizando recogida de ropa, comida, juguetes y todo lo que les pudiera venir bien”, rememora para este periódico Nico Martineis, hoy entrenador en La Chapelle-Janson pero entonces responsable de la educación futbolística de Eduardo.

Un impulso solidario en el que papá Celestino vio una señal. Más de una vez ha relatado que le dijo a su hijo: “Vas a ser la salvación de esta familia”. Hoy lo es, con peros. No por él, sino porque su gente es de clase obrera hasta el tuétano. Su hermano Sebastiao trabaja en una peluquería en el centro de Madrid como un asalariado más y la gente de Fougères dice que la ilusión de Celestino Camavinga (que antes de emigrar a Francia era albañil) es construirse una casa con sus propias manos, tener algo suyo desde cero. Quizá, mientras tanto, la familia pueda estar pendiente de otro futbolista más. El benjamín, Celio, apunta maneras y está en la cantera del DUX de Thibaut Courtois. “Dicen que es muy bueno, como Eduardo o mejor”, cuenta Bernard, uno de esos trabajadores para todo que lleva media vida en el AGL Drapeau-Fougères. Conoció a Eduardo a esa misma edad, “cuando era así de alto”, gesticula bajando mucho su mano derecha. “Me alegro de que a los Camavinga les vaya bien, son buenas personas”.

También lo piensa Martineis, que no ha perdido el vínculo con Eduardo. Lo muestra en su propio cuerpo, dirige a los jóvenes futbolistas de su club luciendo el chándal actual del Real Madrid, y hace poco estuvo en Madrid, por primera vez, invitado por el propio futbolista al Clásico. “Si lo llego a saber…”, dice riendo. Cuando llamó a Camavinga para que inaugurase el campo con su nombre, el madridista se pasó cuatro horas jugando con los niños y no se fue hasta que todos tuvieron una foto. Este sábado, Nico irá al Stade de France a arropar a su expupilo: “No me lo perdería por nada, va a ser un día histórico”.

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